domingo, 15 de abril de 2012

El rey de la selva

Vaya país de locos. El rey y la bolsa se desploman. El tierno Froilán y la prima de riesgo, se disparan. ¿Qué será lo próximo?

Bromas aparte, he visto y leído mucha polémica y debate estos días a propósito del incidente de Juan Carlos cuando, realmente, no hay tanta tela que cortar. Para los despistados, el rey de España, don Juan Carlos de Borbón, se ha roto la cadera al sufrir una caída mientras practicaba caza (ojo, de elefantes, nada más y nada menos) en Botswana. 

No quiero hacer una entrada para convencer a nadie. Ni siquiera quiero exponer mi punto de vista (aunque sea inevitable que resulte evidente). Quiero comentar un hecho que me ha parecido curioso. Y es que conozco a bastantes personas monárquicas. Personas que, desde siempre, han defendido al rey, un rey campechano, cercano a la gente y a sus problemas, en definitiva: un rey presentado como una extensión del pueblo, un tipo al que podrías encontrarte tomándose una caña en el bar de Paco un sábado a las 7 de la tarde. Todo muy español.

Sin embargo, he visto a esas personas, las mismas que le defendían, indignadas con la noticia. Indignadas con el hecho de que este señor se haya ido a cazar elefantes a Botswana en la actual situación económica. No me lo esperaba. Me ha decepcionado. Ha cambiado mi opinión sobre él. Son las frases que más he oído y leído en esos círculos. Debe ser el hecho de verlo posar frente a un elefante muerto. Debe ser que el hecho de imaginarse a su pareja, que no volverá a aparearse en su vida, o a sus crías, que pueden llegar a morir de pena, es suficientemente chocante como para darse cuenta de las cosas. Debe ser que se han dado cuenta de que ese señor no representa al pueblo español (ni a ningún otro). Debe ser que hasta ahora no habían querido verlo.

Una imagen vale más que mil palabras, y en este caso, se cumple. No era para nadie desconocida la afición del rey a deportes nada baratos, como la caza (he leído que esta última excursión costó alrededor de 50.000 €, agüita) o la vela, pero estos señores no le habían visto posar con una víctima muerta. No es para nadie desconocida su afición a las mujeres y sus infidelidades a la reina, o sus viajecitos privados de los que no se sabe nada (nadie ha sido capaz de desmentir a Anasagasti a este respecto). Nada de esto era un secreto, pero todo el mundo escurría el bulto al oírlo. Todos hacían oídos sordos a las palabras, hasta que les han dado un bofetón en la cara en forma de imagen. 

Todo se ha minimizado y se ha vendido una imagen falsa e idealizada de cara al público. No me lo invento. Sólo hay que abstraerse un poco, olvidarse del personaje y tomar en cuenta sólo los hechos aquí expuestos, sin maquillajes. ¿Acaso no se trata de un vividor, mujeriego, machista e hipócrita? Sin embargo, hay mucha gente que tiene una imagen totalmente distinta.

Este hombre ya ha cobrado suficiente por lo que hizo la noche (y me jugaría un brazo a que le hubiera gustado hacer otra cosa muy distinta) de aquel 23 de febrero. La prensa, incansable desde entonces, ha lavado y relavado su imagen una y otra vez. Y es curioso. Han conseguido que un señor el cual, tiene más privilegios que el resto de ciudadanos sólo por el hecho de nacer (contradicción con la Constitución), es mujeriego, vago, lleva un estilo de vida opulento, gasta millones en vacaciones y actividades lúdicas cuando se está recortando en prestaciones sociales, etc. sea visto como un tipo campechano, simpático, cercano a su pueblo, que realmente les representa y, mayoritariamente, es aceptado. Algunos han necesitado verle posar junto a un elefante muerto para que se les caiga la venda. Otros muchos, la siguen llevando. ¿Hasta cuándo?

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